Camino de Santiago, etapa undécima: de Olmos de Atapuerca a Burgos


Apenas 16 kilómetros te separan de Burgos, pero no te puedes dormir en los laureles. El despertador hace rato que ha sonado, pero dejas pasar una hora antes de levantarte. Son las 7 pasadas cuando sales del albergue para llegar al camino. Por la calle, no se oye ni un alma; confías en dejar la puerta bien cerrada hasta que llegue el responsable.

Siguiendo la guía, en vez de volver hacia el sur, sigues hacia el norte buscando la carretera Nacional-1, ruta directa que emplean los ciclistas que no quieren pasar por Montes de Oca. A partir de ahí, sólo tendrás que seguir la carretera hasta Villafría, donde ambos caminos, el que seguirás y el que abandonaste ayer para desviarte a Olmos de Atapuerca, se unen.

Una vía de ferrocarril atraviesa la carretera; es un rastro de civilización que echabas de menos. Ya puedes ver el contorno urbano de la ciudad; más que el contorno urbano, el contorno industrial y el entorno del aeródromo.

Te rugen las tripas: ni has desayunado ni tienes dinero, así que cuando entras por fin en una zona industrial y ves un bar bastante grande avierto, no te importa desviarte para ve rsi allí ademiten pago con tarjeta de crédito. No lo admiten; el desvío ha sido en balde.

En Villafría, se unen los dos caminos. A partir de ahí, el trazado discurre por un polígono industrial. Como no está muy claro por dónde discurre exactamente el camino, un vecino -que fue peregrino- abunda en explicaciones desde el portal de su casa a todos los peregrinos que pasan. Incluso se afana en dibujar pequeños croquis ya estudiados en hojas de papel que ofrece a todo aquel que no tenga una guía.

No te hace falta, una vez entras en zona asfaltada, tu sentido de la orientación te dice de forma innata cómo llegar del punto A al punto B por la ruta más corta. Y aunque no tengas problemas de orientación tu pierna vuelve a dolerte, estás cansado hambriento y desmotivado.

Por fin, en Burgos, encuentras una oficina bancaria donde sacar dinero. Te cobran comisión, pero no te importa: lo primero que tienes que hacer es enviar el dinero al albergue de Olmos. En vez de buscar las indicaciones del camino, continuas por las calles que circundan el río hasta encontrarte con el edificio de correos por casualidad.

Fachada del edificio de Correos en Burgos
Edificio de Correos y Telégrafos, Burgos

Entras, y ves colas en todos los mostradores. Localizas el de giros postales y aguardas turno en la cola hasta que te toca el turno.
— Buenos días, querría enviar un giro de 6 € a Olmos de Atapuer...
— Para enviar un giro tiene que rellenar el formulario— Interrumpe la apática funcionaria.
— Pero si sólo son 6 €...
— Sin el formulario yo no puedo enviar nada
— Ya, y ¿dónde está el formulario?
— Ahí —señalándote unas cartulinas de color rosa que hay en el mostrador.

Coges uno, lo examinas... y apenas entiendes con seguridad el significado de 4 ó 5 de los campos posibles. te gustaría consultar las dudas o la forma de rellenarlo, pero tendrías que volver a aguardar otro cuarto de cola sólo para acceder de nuevo a la ventanilla; y eso si se digna a atederte.

Tomas la solución rápida: coges el dinero, lo envuelves con el maldito formulario rosa para que no se transparente el contenido -tu confianza en los funcionarios de correos está por los suelos- antes de meterlo en un sobre, y te dispones a comprar un sello. En Correos hay colas hasta para comprar sellos, así que sales a la calle, entras en un estanco y compras allí un paquete de sellos. De vuelta al edificio de correos, sólo tienes que introducir la carta en el buzón de la fachada y confiar que las buenas personas de Olmos reciban el pago por la estancia que generosamente te han adelantado.

Cruzando el puente, te topas con la estatua del Cid, pero no pierdes tiempo: tienes que llegar al albergue lo antes posible si no quieres quedarte sin sitio.

Fotografía del puente de acceso a Burgos
Puente de acceso a Burgos

Fotografía lateral a la estatua del Cid Campeador en Burgos
Estatua del Cid Campeador, Burgos

Siguiendo siempre el río Arlanzón, muy cerca de la salida de Burgos, está instalado el albergue municipal en un entorno verde. Los hospederos, amables y de buen humor, te responden que quedan pocas camas libres, pero todavía quedan.
—¿Jacuzzi tienen? —pregunta un peregrino delante tuyo
—Camas tenemos pocas, pero Jacuzzis tenemos más— responde festivo el hospedero, un tipo en la veintena con pelo largo y rizado.

Junto con sus otros dos compañeros, organizan a los peregrinos lo mejor que pueden. Es un albergue relativamente grande, pero masificado, formado por barracones. Un peregrino con acento que no reconoces habla contigo; dice llamarse Yago, diminutivo de Santiago. Intrigado por el acento, piensas que es argentino, pero resulta ser gallego.

Dejas la mochila en tu litera y caminas hasta alcanzar la Universidad de Burgos. Más que ávido de alimento que de letras, vas al comedor, donde te sirven un menú completo por apenas 3 €. Para todo el mundo, sin importar que seas estudiante o peregrino.

De vuelta al albergue, consigues dormir un poco por la tarde antes de ir a la catedral, visita obligada. Coges el autobús urbano para llegar al centro, pues el albergue está muy apartado de la ciudad. Parte del trayecto del autobús pasa por las adoquinadas calles que rodean el Monasterio de Santa María la Real de Las Huelgas (Monasterio de las Huelgas, para abreviar). Antes de llegar a la catedral, das una vuelta para conocer los alrededores.

Fachada de la casa del Cordón en Burgos
Casa del cordón (monasterio franciscano), Burgos

Para entrar a la catedral, tienes que pasar taquilla. Te atiende una chica joven, posiblemente estudiante de arte becada, de mirada inteligente. Al preguntarle por el precio de la entrada, te enumera varias tarifas, desde la normal hasta la de estudiantes. Con un punto de mala leche, le dejas terminar antes de preguntar:
—Pero los peregrinos entran gratis ¿no?
—Sí— responde mordiéndose el labio, más bien preocupada por haberse saltado ese apartado de las tarifas, como un escolar pillado en falta.

Le enseñas la credencial y te da una entrada. Han limpiado las paredes exteriores y ahora luce blanca y no oscura, como la recordabas. En el interior, también la han reestructurado. Ya no parece una catedral, ni un templo. Más bien es un gigantesco museo, muy desorganizado, con amplios espacios vacíos que dan paso a un claustro abigarrado de obras de arte. El culto ha quedado reducido a una pequeña capilla lateral, donde un vigilante de seguridad monta guardia para que no se cuelen turistas.

Entras en la pequeña capilla, oscura, recogida bajo la sombra de un cristo tosco pero expresivo. Un relato legendario informa de su hallazgo, flotando en el océano y metido en un cofre, por un mercader burgalés. Ves un hueco en un banco y te sientas. Cuando te cansas de admirar la capilla, dejas de fijar la vista en un punto concreto para dejarte ir entre tus pensamientos. Te vienen a la cabeza todas las penalidades que has pasado para llegar hasta aquí, el dolor que sientes en tu pierna derecha, así como las ampollas que han hecho su aparición en estas últimas etapas; y todo ello sin haber llegado siquiera a mitad del camino. Vuelve a hacer mella en ti un pensamiento con mucha fuerza:  «Nunca lo conseguirás», y empiezas a repetírtelo.

Tal vez sea hora de dejarlo; estás en una gran ciudad, llevas más de un tercio, podrías abandonar aquí y continuar otro año desde donde lo dejaste. Del tirón o, si no puedes, dejándolo para otro año más. Conoces gente que ha hecho el camino semana a semana en años sucesivos, y todos hablan del camino mucho mejor de lo que tu podrías hacerlo.

Resignado, abandonas el templo barruntando estos pensamientos cuando recibes una llamada de tus padres. Preocupados por tu decaido estado de ánimo durante los últimos días, te han reservado habitación en un céntrico y confortable hotel de Burgos para dos noches: la de mañana y la de pasado mañana. Entusiasmado, destierras los pensamientos derrotistas y das gracias al Cielo por tan oportuna noticia.

Hoy, ni siquiera te molesta tardar en conciliar el sueño en el albergue debido a los habituales ruidos, ronquidos y molestias que provoca la masificación: mañana no tienes que madrugar, sólo darte un paseo hasta el centro, donde a partir de las 12 podrás instalarte en un civilizado aposento.

Apuras el sueño hasta las 8 de la mañana, desyunas sin prisa junto al albergue y caminas en sentido contrario al que toman los demás de peregrinos. Sales tarde, así que enseguida se te hace mediodía. Llegas un poco antes de las 12 al hotel la Puebla, un moderno hotel de pocas habitaciones en un edificio rehabilitado del centro de Burgos. A tus padres les ha salido bien de precio, además.

La recepcionista es una chica muy amable de pelo corto oscuro, con un rostro extremadamente bello. No sólo eso: también es eficiente y amable, y no te pone ninguna pega por llegar antes de la hora convenida. Tu habitación es amplia y confortable; hacía tiempo que no veías una cama decente, pero lo primero que haces es darte un baño antes de salir a visitar la ciudad.

Compras un nuevo carrete de fotos y buscas sitio para comer. Decides probar suerte en Casa Ojeda, siguiendo la recomendación de tu abuelo. Es un poco caro, pero por una vez puedes hacer una excepción. Situado en la primera planta de un edificio, está bastante concurrido. Enseguida te atienden:
—Buenos días, ¿tienen sitio para comer?
—Sí, ¿cuántos van a ser?
—Uno—, contestas, con ganas de girar la cabeza y ver si es que a tu alrededor se agolpa una multitud que no has visto.
—Lo siento, para uno no tenemos sitio.

Pues nada: un restaurante más para la lista de sitios vedados en los que nunca jamás de los jamases volverás a poner el pie. En el fondo, una parte de ti: la más tacaña, se alegra. Buscas otro sitio para comer, pero con la parsimonia que da el tener tiempo de sobras, ninguno te convence. Por fin, al otro lado del río, un menú del día ofrece ese plato que tanto ansiabas: arroz a la cubana. Llevas toda la mañana soñando con el dichoso arroz,.

Contrapicado a la catedral de Burgos
Catedral de Burgos

Por la tarde vuelves a la catedral, esta vez deberías dar gracias por el favor concedido un día antes. Es sábado y están oficiando la misa vespertina. Una de las lecturas a
Él caminó por el desierto una jornada de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo: «¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!» Se acostó y se durmió bajo una retama, pero un ángel le tocó y le dijo: «Levántate y come.» Miró y vio a su cabecera una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió y bebió y se volvió a acostar. Volvió segunda vez el ángel de Yahveh, le tocó y le dijo: «Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti.» Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb.
Casi se te saltan las lágrimas al escuchar este pasaje del libro de Reyes. Aunque has tenido momentos buenos, también has tenido momentos en que deseabas ser barrido por un tren, o arrollado por un camión para que pasasen de golpe todas las penurias del camino. Tanto, que la imagen de la muerte en tu imaginación de consolaba y reconfortaba. Por eso al escuchas las palabras del profeta Elias te identificas al momento con el relato, que no conocías. Escuchando, la misericordia que tuvo Yaveh con Elías a través de su angel te conmueve. Los paralelismos con una historia tan antigua se te hacen evidentes, pues gracias a la misericordia que han tenido contigo te encuentras descansando y reponiéndote en Burgos cuando sólo un día antes estabas pensando en abandonar. En cualquier otra situación fuera del camino, esta historia jamás te hubiese llamado la atención como lo ha hecho hoy. Tanto, que al llegar al hotel buscas en una biblia de bolsillo el origen de la cita, y acabas leyendo el capítulo entero. Desde luego, has recuperado una parte de las fuerzas perdidas.

Haces un pequeño recorrido por el centro de la ciudad antes de volver al hotel. De camino te encuentras con uno de los hospederos del albergue, que debe volver a su casa. Aunque la ubicación céntrica del hotel es perfecta para visitar la ciudad, el trajín del sábado por la noche te molesta para dormir. Finalmente, cuando el cansancio vence, caes rendido.

Desayunas café con leche, cruasán y mantenquilla en un pequeño descansillo del edificio que conforma el hotel; a falta de espacio para un comedor, han habilitado este rincón que, aunque estrecho, cumple su función con cierto encanto. Preguntas a recepcionista -intentando no embelesarte con su hermoso rostro- por una oficina del banco Ibercaja, donde poder sacar dinero sin que te cobren comisión. Encuentra una en Gamonal y te da la dirección.

Ocupas la mañana del domingo en hacer un recorrido por la ciudad para tomar algunas fotografías que no has podido hacer antes por falta de carrete en tu máquina. Empezando por la puerta del Cid, tomas el paseo del Espolón hasta la Puerta de Santa María.

Fotografía desde la entrada a la puerta de Santa María en Burgos
Puerta de Santa María, Burgos

Fotografía en el paseo del Espolón, con el quiosco de música en mitad del plano
Paseo del Espolón y quiosco de música, Burgos

Fotografía a la catedral de Burgos sobresaliendo entre los edificios
La catedral de Burgos sobresale entre los edificios

Fotografía a la fachada lateral de la parroquia de San Lesmes en Burgos
Fachada lateral de la parroquia de San Lesmes, Burgos

Fotografía de la plaza de San Juan en Burgos, con la estatua del conde Diego Porcelos
Plaza de San Juan, con la estatua del conde Diego Porcelos, fundador de Burgos
Fachada de la capitanía general en Burgos
Palacio de Capitanía General, Burgos

Cuando terminas, coges un autobús hasta Gamonal para sacar más dinero en efectivo del cajero. También tienes pendiente una visita, pues te han dicho -eso crees- que el párroco de Gamonal fue capellán de tu colegio, así que piensas pasar a saludar.

Fotografía de la parroquia de Gamonal en Burgos
Parroquia de Gamonal

Resulta que no era Gamonal, sino Santa Gadea, cerca de la Catedral, la parroquia que regenta el párroco. Al menos has visitado una iglesia románica en un barrio extramuros de la antigua ciudad medieval.

Con pena por tener que abandonar Burgos pasas tu última noche en el hotel. Esta vez sin ruido en la calle, tardas menos en dormirte. Para mañana has planeado una jornada muy tranquila: todavía tienes ampollas y tu cuerpo anda renqueante; el descanso te ha sentado bien, pero dos días no obran el milagro de recuperarte por completo y quieres empezar poco a poco, sin prisa. Tienes intención de parar en el primer albergue pasados los primeros 10 kms.

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